memorias

esta semana las memorias se reproducen en mi cabeza como si tuvieran un amplificador. recuerdo escenas, revivo emociones: el miedo, la tristeza, el desamparo, esa sensación de abismo, de agujero negro que no tiene final.

es curioso como basta una situación remotamente parecida a la que viví para reabrir viejas heridas. hace poco más de una semana que sabemos que nos quedamos. definitivamente, nos quedamos aquí. nuestra estancia finalizaba el 15 de marzo y, a muy pocos días de llegar a la fecha señalada, le hicieron una propuesta de trabajo a rícard y decidimos decir que sí.

esperaba saltar de alegría. llevábamos cuatro semanas con la angustia de ver cómo se acercaba cada vez más nuestro día de partida sin tener una respuesta segura y creía que, con la confirmación, podría respirar tranquila, todo volvería a su lugar.

sí y no. primero vino el vértigo: tomar conciencia de que soltábamos el pie que teníamos en Madrid, de que nos alejábamos unos cuantos miles de kilómetros de los que queremos y nos quieren y de que, ahora sí, tocaría intentar hacer de Estocolmo nuestra casa. hacía mucho tiempo que sabía que Madrid y yo no sintonizábamos en la misma frecuencia, pero, gracias a las personas que había conocido, había conseguido crear un hogar y, aunque cuando vinimos los dos teníamos claro que si había la posibilidad de quedarnos la aprovecharíamos, saber que nuestra vida allí ya no volvería me dio tristeza.

y luego apareció el miedo. miedo por muchas cosas: por si sabré adaptarme aquí, por si conseguiré hacer amigos, por si seré capaz de crear un hogar tan lejos de casa, por cómo afrontaré mi proyecto profesional a partir de ahora, y, el más inmediato, por tener que volver a cambiar de casa.

me di cuenta de que no me quería ir del hotel. sí quiero dejar la inseguridad de la temporalidad, tener la tranquilidad de un espacio propio y recuperar mis cosas, pero no quiero dejar la zona, no quiero dejar la filmoteca ni a Karina (la chica tan amable de su cafetería) y no quiero dejar los chicos del hotel.

ellos, los chicos de la recepción, Danial, Markus, Niclas y Felix, son las personas con las que hablo cada día. a base de vernos a diario, me he aprendido sus nombres y ellos se han aprendido el mío; me quedo a charlar un rato cuando salgo por la mañana o cuando regreso; sé un poco de sus vidas y ellos, un poco de la mía; me han echado una mano en 500 gestiones diferentes; me dicen cosas como “Hola, cómo estás?” o “Viva la Espania” en un castellano de risa y yo les suelto las cuatro palabras que he aprendido en sueco; y, lo más importante, son siempre un rostro amable y conocido en los días en que estar aquí me abruma más de la cuenta. me di cuenta de que me daba pánico tener que soltar lo que tanto me había costado crear.

la semana pasada me sobrepasaron las emociones y la situación y, a medida que los trámites que tenemos que hacer para quedarnos aquí avanzaban a gran velocidad, yo me sentía cada vez más aterrada y paralizada.

el viernes, en una sesión de reiki con Laura, ella me habló del apego y, aunque tardé tres días en verlo, ahora tiene sentido.

me da miedo volver a empezar en una zona desconocida? sí. me da miedo tener que volver a ubicarme, tener que conocer a gente y tener que enfrentarme al sentimiento de soledad? sí, sin duda. pero ninguno de ellos son la causa de este pánico, de este sentimiento de desamparo.

volviendo al principio, esta semana las memorias reviven en mi cabeza como si tuvieran un amplificador. recuerdo escenas, revivo emociones: el miedo, la tristeza, el desamparo, esa sensación de abismo, de agujero negro que no tiene final. una parte de mí lo siente y la otra se mantiene en el presente; lo ve desde… no sé si desde la comprensión, si desde la madurez…  en todo caso, sí desde la serenidad. ya no me identifico al 100% con las emociones, o no con esas por lo menos, y ya no hay culpa, ni impotencia, ni sentimiento de injusticia. entiendo que aquello me rompió y me marcó en muchos sentidos, pero también entiendo, o una parte de mí lo hace, que no tengo que tener miedo a vivir lo mismo porque eso no sucederá nunca. ya no tengo 16 años, tengo 32. me conozco mucho mejor y tengo más herramientas. y, aunque ciertas emociones y mecanismos se activen cuando me encuentro en una situación de pérdida, mis recursos para gestionarla, para gestionarME, no son los mismos.

es curioso, o no, que todo esto se dé ahora, en estas fechas, cuando se cumple un año más de su muerte. esta semana me observo y me permito llorar su pérdida cuando lo necesito. porque la tristeza no desaparece nunca, esto es así. ni el echarlo de menos. ni el desear con todas mis fuerzas que estuviera aquí, que pudiera abrazarlo fuerte, que pudiera acurrucarme otra vez en su regazo, que pudiera hablar con él de verdad, escuchar su voz de vuelta cuando le hago preguntas que quedan suspendidas en el aire. y también me permito sentir la tristeza por dejar mi vida en Madrid y por alejarme de los míos, y me permito sentirme nerviosa y asustada por cambiar de zona y tener que volver a conocer a personas, porque es una situación que asusta y pone nerviosa. pero ahora sé cuando lloro por una cosa o lloro por la otra y, aunque de puertas a fuera puede parecer todo igual, identificar cada emoción con su situación, saber que hay mucho de lo que siento ahora que tiene que ver con el pasado, me da paz y la tranquilidad de saber que esto que viene es un reto, sí, pero un reto que podré superar, sin dudas.

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